| Nuestra formación es hecha en cinco etapas. Ellas
desean ser una ayuda para el discernimiento de la vocación y
el espacio de “probación”, o sea, el espacio en que
se experimenta en el concreto el apelo de Dios que se desea vivir.
El tiempo del postulado es un tiempo de conocimiento mutuo: aquella
que desea hacer parte de la comunidad se presenta y conoce la comunidad
participando activamente de todos los aspectos de la vida fraterna y
apostólica.
Cuando de ambas las partes hay satisfacción y confirmación
del llamado, se empieza el tiempo de noviciado. Durante este período
la novicia hará el retiro de 30 días. Tiempo privilegiado
de escucha de Dios y confirmación de su vocación.
A lo largo de las probaciones, la vida concreta es, para nosotras, hermanas
de San André, el lugar de verificación del deseo que nos
habita.
Al término de dos años, la novicia puede pedir para pronunciar
los primeros votos de pobreza, castidad y obediencia. Ellos señalan
una nueva etapa. Ahora más arraigada en la propia vocación
y en la vida de la comunidad, la joven profesa será orientada
según sus dones, para los estudios o para otra formación
que le sea adecuada. Este tiempo de profesión temporera se extiende
por un periodo que va de 6 hasta 9 años.
Transcurrido ese tiempo, la joven es llamada a hacer la tercera probación.
Es una etapa también designada como “escuela del corazón”.
En ella se hará una segunda vez el retiro de 30 días y
serán profundizadas las Constituciones, la espiritualidad ignaciana,
la historia de la Congregación, la propia vocación y misión.
Al final de la tercera probación, la joven profesa, según
las circunstancias podrá pedir para hacer la profesión
definitiva. Ella es, a partir de entonces, miembro de la congregación.
Como profesa, ella sabe que su formación no está finalizada,
pero busca estar siempre vigilante para empezar a cada día en
el arrebatamiento de su sí inicial.
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